Bridge y Humor: La Huelga de los Kibitzers por George S. Kaufman

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The New Yorker 1939 Esta pieza fue presentada en la edición 1939 de la revista The New Yorker y apunta sus flechas al buen humor de la mayoría de los héroes no reconocidos del bridge: el kibitzer.

Como fui un observador atento de los acontecimientos que llevaron a la huelga nacional de kibitzers del bridge hace unos años, y, posteriormente, un miembro del comité que ayudó a lograr una solución, creo que es apropiado que les cuente la historia real de esos días turbulentos. Desde hace tiempo existe la creencia, que el problema comenzó cuando un kibitzer nombrado Lefkowitz, no Sam Lefkowitz, quien luego promovió una demanda para que se permita a los espectadores doblar cualquier slam, sino un primo suyo, llamado Marty-aplicó un puntapié a un jugador durante una contrato de 6NT.

El caso del puntapié de Lefkowitz no estuvo exento de puntos de interés, y las declaraciones tomadas en el hospital se conservan en la Biblioteca del Congreso, pero no fue la causa de la huelga de los kibitzers.

En la noche del 12 de mayo de 1926, en el antiguo Cavendish Club, un jugador llamado Jymes, o Hymes, o algo así, los registros son por desgracia vagos, durante el juego de una mano ocultó una dama de espadas a un kibitzer, conocido simplemente como comandante Smith. Al ocultar la dama de espadas detrás del cuatro de diamantes, Jymes confundió por completo al kibitzer en sus cálculos, lo que lo llevó a creer que haría sólo tres espadas en lugar de cuatro. Smith se quedó en su lugar por el resto de la noche, pero se observó que cuando el juego finalizó él no realizó la acostumbrada pregunta: «¿A qué hora juegan mañana?»

A la noche siguiente, Smith no se presentó. Era la primera noche que había pasado por alto en once años, pero nadie se preocupó; se supuso simplemente que estaba muerto. Esto ya había sucedido con algunos kibitzers, y el procedimiento en estos casos estaba bien establecido. Uno de los jugadores mientras daba una mano preguntaba: «¿Notaron que Bill Chink murió anoche? Una espada», y su compañero, cuando llegaba su turno, decía: «Sí, lo sabia. Dos espadas.» O diamantes, o corazones, o lo que sea. Por lo que los jugadores ponían tres dólares cada uno para las flores, y eso era todo. (¿Cómo han cambiado los tiempos! Bajo las reglas actuales, la muerte de un kibitzer pide el cese de juego durante diez segundos, y las próximas cuatro manos se juegan dobladas automáticamente).

Pero para volver a Smith, cuando los periódicos del día siguiente no sacaron ningún obituario a su nombre, los jugadores comenzaron a preocuparse. Esa noche, Smith estuvo ausente de nuevo, y esta vez uno de los jugadores decidió llamar por teléfono a la casa de Smith. Smith estaba en casa, leyendo un libro. No era un libro de bridge, sino algún tipo de novela.

La noche siguiente, dos kibitzers mas faltaron, y a partir de ahí la cosa creció a pasos agigantados. Smith llevó a cabo unas indignadas reuniones en su casa en la cuarta noche, a la que asistieron casi cincuenta kibitzer. Se formaron sub-comités en Queens y en el Bronx; en tres semanas no había un kibitzer de servicio en el Gran Nueva York. Los piquetes iniciaron frente al Knickerbocker Whist Club, y Oswald Jacoby  tuvo que evitar una roca que le tiraron a la cabeza cuando entraba en el club. Felizmente, le pegó a una vieja que ni siquiera era una jugadora de bridge.

Creció, por supuesto, la consternación dentro de los clubes. Sin kibitzers que dijeran, «Usted debería haber jugado al revés» o «Sólo un tarado hubiera jugado el rey de diamantes,» las discusiones post-mortem eran de rutina y sin color. Sin kibitzers, los jugadores se convirtieron en descuidados y apáticos; los games se jugaban, la mayoría de las veces sin ningún comentario de ninguna clase. Los jugadores comenzaron a perder peso, no tenían apetito. En muchos casos, los juegos fueron cancelados.

Jymes, o Hymen, o como se llamara, finalmente ofreció una disculpa pública a Smith por ocultar la dama de espadas, pero para entonces ya era demasiado tarde. Las huelgas en solidaridad fueron surgiendo en todo el país, se formó un sindicato de kibitzers nacionales, y se le presentaron a los jugadores de bridge un ultimátum en forma de un conjunto de reglas. Entre las estipulaciones estaban las siguientes:

1) El reconocimiento del sindicato como la única fuerza de negociación de los kibitzers, y un acuerdo que ningún juego podía iniciarse sin al menos dos kibitzers entre la asistencia.

2) Parar el juego si un kibitzer era llamado al teléfono.

3) El derecho del kibitzer de llamar la atención sobre un renuncio si era confirmado por otro kibitzer.

4) Si un kibitzer tenia que volver a casa antes del final del juego, debían avisarle los resultados por teléfono tan pronto como el juego hubiera terminado.

5) El derecho del kibitzer para poner el vaso de agua sobre la mesa de juego.

Y muchos otros.

Las negociaciones se estancaron durante cuatro meses, y en ese tiempo hubo muchos brotes de violencia y sabotaje. En un club de bridge de Minneapolis, un seis de trebol explotó en la mano de un jugador, y se encontró después que la carta había sido espolvoreada con TNT. En Dallas, se encontró que un mazo de cartas tenia tres ases de espadas, y este crimen fue rastreado hasta un kibitzer que había logrado conseguir un trabajo en una fábrica de cartas. En la ciudad de Nueva York, quince mil kibitzers llevaron a cabo una reunión de indignación en Union Square, y muchos fueron golpeados por la policía cuando intentaron hacer un desfile sin permiso. En los disturbios que siguieron, tres personas murieron aplastadas. En Seattle, un jugador que se fue una abajo en un slam tendido, explico que un kibitzer lo había empujado en la acera y le habían clavado una aguja en silencio. Un retrato de Ely Culbertson fue quemado.

El 28 de septiembre, el presidente Coolidge hizo un llamamiento a ambas partes para resolver la controversia antes de que hubiera más daños a la propiedad o mas muertes. Los líderes de las dos facciones se reunieron en la Casa Blanca el 9 de octubre, y en la noche del 22 de octubre, a un poco más de las diez, se hizo el anuncio formal de paz.

No quiero reclamar demasiado crédito por la solución, pero cuando la conferencia estaba en un punto muerto después de tres días sobre la cuestión de las sanciones si un kibitzer colocaba un pie en la silla de un jugador, fui yo el que sugirió un compromiso feliz. El pie, dije, debe ser amputado, no quemado.